¿VERIAN LOS APOSTOLES LA SEGUNDA VENIDA DEL SEÑOR?




P. En Mateo 16:28 leemos: «De cierto os digo que hay
algunos de los que están aquí que no gustarán la muerte
hasta que hayan visto venir en su Reino al Hijo del Hombre.
» ¿No es esto una equivocación?, pues Jesucristo no
ha venido todavía a establecer su Reino sobre la tierra. ¿Qué
podemos decir a los que preguntan si esto no es una declaración
equivocada de Jesucristo, o una suposición hecha
de buena fe, por Jesús-Hombre, el maestro de Nazaret, y
que ello demuestra que Jesús era un hombre y no el Hijo
de Dios que se imaginaron los primitivos cristianos?



R. De ningún modo. El Nuevo Testamento entero está
lleno de la doctrina de que Jesús era el Hijo de Dios; y su
resurrección, que cambió por completo a los apóstoles, e
incluso a un enemigo, como el apóstol Pablo lo prueba
asazmente. ¿Qué quería, pues, decir, Jesús, con esta declaración
hecha ante el grupo apostólico?
La respuesta se halla en el próximo capítulo 17:1-13.
Debemos tener en cuenta que la división de la Biblia en
capítulos y versículos no es obra del Espíritu Santo, sino
de un copista de la Edad Media. Todos los originales antiguos que tenemos
del Nuevo Testamento, tanto en griego como en latín, forman un relato seguido desde el principio
al fin. La división en capítulos y versículos fue hecha para
comodidad de lectores y comentadores del texto sagrado
para poder citarlos e identificarlos con mayor facilidad.

En los escritos cristianos más antiguos como las cartas de San
Ignacio de Antioquía, la carta a Diogneto, la Didacta y aun
en los numerosos escritos de Tertuliano, San Juan Crisóstomo,
Cipriano de Cártago, San Agustín, etc., no se hace
ninguna mención de capítulos o versículos, sino tan solamente
citan el hecho y basta. Los lectores de aquellos
tiempos tenían que leer el Evangelio que fuese, desde el
principio hasta el fin para hallar la cita del pasaje, y sobre
todo en las citas de los evangelios sinópticos esto era muy
engorroso, porque hay tantos pasajes que son semejantes.
Por tal razón un copista de principios de la Edad Media
introdujo, la división de capítulos y versículos en la Sagrada
Escritura, y poco a poco esta notable ventaja, copiada
por todos los hagiógrafos bíblicos, se impuso en el texto.

De modo que la frase «algunos de los que están aquí no
gustarán la muerte hasta que hayan visto al Hijo del Hombre
viniendo en su Reino», se halla en el original estrechamente
unida a la frase siguiente: «Seis días después, Jesús
tomó a Pedro, a Jacobo y a Juan, su hermano, y los llevó
aparte a un monte alto y se transfiguró ante ellos.» Fueron
aquellos tres discípulos los únicos que vieron a Jesucristo
en la misma forma en que vendrá para establecer su Reino
sobre la tierra, es decir con un cuerpo ultrafísico, glorificado,
de hechura humana, pero luminosa. Un «soma ouranou
» de los que describe Pablo en el capítulo 15 de 1.a Corintios,
vers. 40. Esta fue la promesa que hicieron también
los ángeles a los discípulos en el monte de los Olivos (Hechos
1:11).

Debemos hacer observar que la promesa: «Algunos de
los que están aquí no verán la muerte hasta que hayan
visto al Hijo del Hombre viniendo en su Reino», no aparece
en ningún lugar de los evangelios que no vaya seguida
del relato de la transfiguración; por esto, todos los comentaristas
y exegetas de este pasaje entienden que la frase «viniendo en su Reino»,
significa «como vendrá en su Reino».

Fue muy emocionante para el que suscribe orar en la
cumbre del Monte Tabor, diciéndole al Cristo que ha prometido
estar «todos los días con nosotros hasta el fin del
mundo»: «Señor, Tú aquí te transfiguraste con la misma
majestad y gloria con que vas a aparecer en gloria un día,
sobre aquel otro monte, un poco más al sur, el monte de los
Olivos, y nosotros hemos de verte, de más cerca o más
lejos, con aquella misma gloria con que te manifestaste
aquí a tus discípulos.»

Al final de los evangelios sinópticos tenemos muchas
apariciones de Jesús resucitado con un cuerpo sobrenatural,
glorificado, de propiedades muy superiores a los cuerpos
animales que todos poseemos en la presente generación
(1.a Corintios 15:40); sin embargo, en ninguna de tales
apariciones leemos que su cuerpo fuera luminoso, de un
blanco resplandeciente, como se apareció a sus discípulos
el día de la transfiguración. Seguramente fue para no espantar
a los discípulos, y para darles una idea más auténtica
de que era el mismo Jesús que ellos conocían, y no
un fantasma del mundo espiritual, por lo que el Señor
veló su gloria celestial en todas las apariciones que siguieron
a su resurrección. Más bien quiso enfatizar ante ellos
las cualidades físicas que continúan perteneciendo a un
cuerpo celestial, el cual es de todos modos un cuerpo tangible,
cuando así lo quiere su poseedor, y Jesús comió
delante de ellos. De este modo garantizaba la promesa hecha
en la última cena: «Os digo que desde ahora no beberé
más del fruto de la vid hasta que lo beba con vosotros en
el Reino de mi Padre» (Mateo 26:29).

No dijo «no comeré pan», pues lo comió después de su resurrección, sino tan
sólo «no beberé más de este fruto de la vid». Jesús
demostró así, que su Reino será ultrafísico, pero no puramente
espiritual, y la declaración de los ángeles: «Este
mismo Jesús que ha sido tomado de vosotros al cielo, así
volverá como le habéis visto ir al cielo» (Hechos 1:11).

La transfiguración fue, realmente, la visión de Jesucristo
tal como le veremos venir en su Reino. Entonces Jesús
no tendrá necesidad de velar su gloria celestial para no asustar y desconcertar a sus discípulos, como tuvo que hacerlo con su cuerpo resucitado, también de condiciones
ultrafísicas; pero no de aspecto tan glorioso como cuando
venga para establecer su Reino sobre la tierra, porque entonces
todos tendremos cuerpos luminosos, semejantes
al suyo. Lo que podemos comprobar leyendo Daniel 12:3;
1.a Juan 3:2; Apocalipsis 3:3, y Mateo 13:43: Y con tales
cuerpos superiores le serviremos y le glorificaremos por
toda la eternidad (Apocalipsis 22:3 y Efesios 1:14 y 3:10).

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